Mi papá me dice que no podía dejar de moverme desde muy niña… no paraba de hacer shows y llamar la atención de toda la familia desde el primer año. Por esta razón me pusieron en gimnasia acrobática a los 3 años y me imagino que pude canalizar la necesidad de movimiento y toda la energía acumulada. Siempre pensé que de alguna manera solo algunas personas nacían con esta necesidad de moverse, de bailar. Con el tiempo me fui dando cuenta de lo equivocada que estaba y que el movimiento es para todos.

Fui entendiendo cómo el movimiento era el eje sobre el cual se construye el aprendizaje humano. Al ser el cuerpo el primer medio a través del cual los seres humanos nos relacionamos, comunicamos, experimentamos una realidad y la transformamos. El movimiento es ese medio para conectar de manera directa con nuestras emociones, pudiendo cambiar nuestras percepciones y por tanto nuestros pensamientos y realidades.

El arte ha demostrado ser esa herramienta que nos ha servido como mecanismo para el empoderamiento comunitario, nos permite ser nosotros mismos, exterioriza nuestros miedos, emociones y conflictos que regulan un orden en la sociedad (Bernstein, 1970). Por otro lado, sus manifestaciones son fuente de comunicación, identificación y humanización.

Esto no lo sabía cuando a los 6 años empecé a bailar ballet, tampoco lo sabía cuando tenía 22 y tomé la decisión de irme a probar como bailarina a Londres. Sabía que la danza me había dado las herramientas para levantarme de cualquier circunstancia y la disciplina para lograr mis objetivos. Sentía también que si no me movía mi percepción del mundo cambiaba y aparecía la necesidad de hacerlo. Lo intuía y lo sentía, pero no tenía la capacidad de explicarlo o identificarlo.

Con D1 logré plasmar esa intuición en un proyecto concreto nacido a partir del más puro amor por mi país y de las ganas de acortar las diferencias sociales, brindando oportunidades para toda persona que desee salir adelante. Y, ¿cómo? Con lo que sabia hacer, bailando. Fue nuevamente la intuición la que habló y mandó. Fue el haber estado segura de que la danza me había ayudado y que me ayudaría nuevamente a conectar con otros haciendo que esos otros, conecten con ellos mismos… creando una comunidad llena de respeto, identidad, compromiso y confianza.

Esa intuición se transformo en realidad y la ciencia me dio la razón. La neurociencia ha demostrado el importante vínculo que existe entre el aprendizaje y las emociones. Las emociones, según Campos (2006) “influyen significativamente en la motivación, en el aprendizaje, en la memoria, en la toma de decisiones, en las formas de pensamiento… en todos los sistemas del cuerpo y en el movimiento”. Una forma muy efectiva de trabajar con las emociones es a través del arte. El trabajo de quince años con D1 en el campo, observando las magníficas transformaciones que se dan en adolescentes y jóvenes son una de las tantas evidencias de este proceso. Gracias a la neurociencia tenemos acceso a los procesos cognitivos en el cerebro y queda demostrado cómo las emociones (amígdala) están vinculadas a la memoria de largo plazo (hipocampo), como las neuronas responden a estímulos eléctricos que a su vez responden a estados emocionales y así sucesivamente. Dado que las emociones juegan un papel primordial en el desarrollo cognitivo, hoy no podemos ocultar la evidencia de que el arte es una herramienta poderosa para los procesos de aprendizaje y un vehículo que tenemos a la mano y que podemos usar para lograr la revolución en la educación que necesitamos en el país.

El objetivo de este primer blog era contar sobre los beneficios de la danza y por qué practicarla. Yo habría empezado con las habilidades motoras, la coordinación, los estímulos positivos hacia los estados de felicidad gracias a la activación de la xerotonina y las endorfinas. Cómo el simple hecho de conectar con nuestro cuerpo nos activa la dopamina y con esto aumenta la sensación de placer y felicidad. Todo eso ya lo sabemos, pero lo que tal vez no sabíamos era que la danza ha sido y siempre será una expresión propia y única, una marca en nuestra identidad al encontrar ese movimiento propio y único que traemos al nacer y que vamos armando a medida que crecemos y recibimos del mundo exterior. El movimiento es propio de cada ser humano y al explorarlo y conectar con nuestra esencia nos conectamos con lo mas primitivo de nuestro ser.

Con lo que sabemos hoy, sería un gran error no dedicar parte de nuestros días, semanas o meses bailando y conectando con nuestra esencia y con nuestra VERDAD.